Miércoles, 14 de diciembre de 2005
Lo publicaron en algun lado que no me acuerdo...
EL TÓNEL DE DIÓGENGENES, POR LUIS FERRER I BALSEBRE
Es una chaqueta de punto color verde oscuro con cremallera, llena de bolas y más sobada que un billete de cinco euros; tiene alguna costura abierta y muchos puntos a la virulé, está muy dada de mí y el cuello pica y te deja ronchas en el cogote. Es una prenda vieja, de los archivos prehistóricos de Zara, fuera de glamour y de moda, que me resulta insustituible.
Ha resistido cientos de limpiezas generales y mudanzas, ha sido amenazada por decenas de nuevas chaquetas estupendísimas, regalo de gente que a uno le quiere bien y pretende ayudarlo a jubilarla. Pero no soy capaz de encontrarme a gusto en ninguna y siempre vuelvo a ella. Como esos amores junto a los que uno se siente invencible e incluso capaz de prescindir de ellos cuando quiera, pero que al alejarse, la fuerza se desvanece y te sientes frágil e incapaz de abandonarlos.
¿Qué tendrán estas prendas que acaban pegándose a nosotros como una segunda piel hasta el punto que desprenderse de ellas es lo más parecido a despellejarse? A sentirse un Sansón que en vez de espléndida melena, luce una chaqueta cutre de lana con fibra.
Pero la cosa no queda ahí, podría citar una decena de objetos que respiran conmigo, que forman parte de mi más íntima rutina. Objetos cuya presencia casi no se percibe, pero cuya ausencia genera desasosiego, incomodidad. Unas gafas, una camiseta, unas zapatillas, un jersey, un reloj, un transistor o cualquier cosa que se haya ganado a golpes de uso la querencia y el ascenso a la categoría de insustituible. Apuesto a que todos ustedes saben de qué les hablo. No tengan reparo, reconózcanlo, el apego es uno de los sentimientos más evolucionados del reino animal. Parece que reivindicar lo que a uno le satisface de siempre frente a la novedad, lo nuevo o "lo último" es posmodernamente incorrecto.
Una de las cosas que más me irrita de esta sociedad de consumo compulsivo, es la manía de vender lo nuevo como si fuera lo mejor. Es desesperante buscar el yogurt de toda vida, y encontrarlo sepultado bajo decenas de variedades insólitas con todo tipo de añadidos que cambian por semanas; o la coca cola normal, sin que te obliguen a decidir si la quieres ligth, con cafeína, ligth sin cafeína o cafeína si coca cola. No soporto que me azucen para que cambie el móvil cuando el que tengo hace años cubre perfectamente mis necesidades y además no hace fotos, función ésta que considero especialmente absurda en un teléfono.
Al final vamos a salir de casa con cámara de fotos, musiquero, agenda electrónica, ordenador, teléfono y GPS para no perdernos, como si fuera lo más normal y necesario del mundo.
Esta especie de Homo Tecnus en que nos quieren convertir vendiéndonos las innovaciones como necesidades, es la especie humana más tonta de la evolución. Se lo cree todo y acaba haciendo de la propuesta necesidad, lanzándose a la persecución de una puesta al día que nunca acaba de atrapar. El flamante ordenador que me costó una pasta el año pasado, al parecer, es ya un paquete. Créetelo, y estás perdido.
Pero no se crean que soy un proselitista de lo viejo y un detractor de la novedad, todas las cosas tienen un doble valor: el objetivo y el objetal. El valor objetivo tiene relación con su coste, con lo que vale a nivel de mercado y aquí lo nuevo suele ser lo más caro.
Lo objetal, en cambio, no tiene precio, su valor estriba en el apego que uno le tenga al objeto en cuestión. Ese valor, el objetal, tiene que ver con algo específicamente humano como es el mundo simbólico.
El Símbole era una estatuilla de barro que los antiguos griegos partían en dos cuando un miembro de la familia marchaba de casa; pasado el tiempo, cuando aquel viajero retornaba oculto bajo luengas barbas y magníficas heridas producto de mil y una Odisea, la única forma de reconocer al viajero que se fue, era uniendo de nuevo las dos partes del símbole. Desde entonces símbolo quiere decir "lo que se une"; al contrario que su antónimo el "diab(o)lo", que quiere decir "lo que separa".
Más que cibernéticos y a la moda, somos seres simbólicos. Gracias a los símbolos, podemos volar de un tiempo a otro, unirnos a momentos, gentes o lugares a través de una simple palabra, un objeto, una prenda o un fetiche; también gracias a ellos mantenemos una fluida comunicación con nuestros dioses, amores, amigos y muertos.
Cada una de esas prendas de las que nos negamos a prescindir, a parte de usadas, son símbolos cargados de memoria, como la madalena de Proust, son nuestro aroma. Y no hay diabolo o diabla que me separe de la chaqueta.
Luis Ferrer es jefe del Servicio de Psiquiatría del Complexo
Hospitalario Juan Canalejo
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